V i S i T a S

viernes, 26 de septiembre de 2008

Ca la yaya


Mi hermana mayor, que entonces se llamaba Conchi, después de tantos años se sigue llamando igual, y yo nos peleábamos mucho pero una vez se pasó un mes en Madrid y cuando volvió le prometí no volver a pelearnos nunca, cosa que, por supuesto, no cumplimos pero es verdad que la eché mucho de menos. No éramos malos pero jugando las hacíamos gordas aunque sin malicia. Mis tíos montaron un taller de relojes artísticos de bronce y lámparas, siempre llevaban algunos modelos a su casa hasta que los vendían, le hacían los dientes largos a la pobre mujer, mi abuela, y luego se quedaba con las ganas. Mi abuela siempre contaba esto, en la salita que daba al balcón por alguna razón había un tablón grande, lo colocamos sobre el marco de la puerta del balcón y nos columpiamos, colocándonos uno en cada extremo. Como no estaba fijo iba bailando y en uno de esos vaivenes, al subir y con el impulso del balanceo, sacó la puerta de las bisagras, la apoyamos contra el marco para que no nos echaran la bronca y nos fuimos a otra habitación a jugar. Ese día habían traído una lámpara de mesa con muchas tulipas, me parece que eran azules, y jugando los dos le dimos un golpe y acabó en el suelo. Cuando la yaya Concha y mi tía Conchi (qué lío de familia con tanta Concha, también tengo una prima que se llama así) terminaron de recoger los muchos cristales rotos y bombillas, decidió ir al balcón a que le diese el aire y al intentar abrir la puerta del balcón se le cayó la puerta encima. No se me olvidan los libros que teníamos entonces, como por ejemplo, uno, muy típico por otra parte, que trataba sobre los niños del mundo. Tenía dibujos con los trajes típicos y algunas costumbres (ya sabes, el francés se llamaba Pierre y detrás tenía la torre Eiffel) todo tópicos pero me gustaba. Mis favoritos eran los indios americanos y los lapones. Por supuesto el primer libro que recuerdo en mi casa es la Biblia, bastante antes de saber leer me enseñaron el principio del libro de Job y a medida que lo recitaba iba pasando el dedo por las palabras mientras miraba con atención y daba la impresión que leía. La gente se sorprendía pero era trampa. No sé que edad tenia, igual cuatro años. En esta foto ya éramos más mayores e íbamos al colegio de la Inmaculada, en la esquina de Calixto III con Juan LLorens.

2 comentarios:

Juggend Adler dijo...

hey vas disfrazado de tuno,de ahi te viene la pasion por la musica.

Cuchillo dijo...

Ay Paco, mi pasión por la música vino a pesar de haberme disfrazado de tuno.