V i S i T a S

domingo, 27 de septiembre de 2009

Las Aventuras Del Motorista Solitario


Permitan que, por el momento, me presente como Cuchillo, El Motorista Solitario. Dando vueltas con la moto, en otro viernes loco, me topé con Mr. Pepe Esteban, con quien toqué en Los ReLevos. Iba acompañado de Marcos, un pianista con nombre de evangelista. Toparte con Pepe y no hablar de The BeaTles es como coger con la mano desnuda una bola candente y no quemarte. Me comenta que se ha comprado la caja con todos los discos remasterizados y los va escuchando por orden cronológico. Está flipando, uno de sus últimos descubrimientos es una guitarra española haciendo ritmo en All my loving, después de haberla escuchado 35.000 veces, por fin, con esta edición, la ha encontrado. Prometo que intentaré escucharla, con la ayuda de los cascos, claro. Entonces se pregunta: si eso ha estado oculto en el segundo disco, ¿qué habrá en los siguientes? Espero con ansiedad hacerme con esos discos para escucharlos con atención pero el precio es prohibitivo, alrededor de 200 eurazos o más. Se me saltan las lágrimas con las cosas que Pepe les dice a algunas mujeres, va armado con una cantidad increíble de invitaciones para chupitos en un local de Cánovas y propone dirigirnos allí. Cuando conduzco, no bebo, gracias a Stevie Wonder y me abstengo de esos chupitos. Marcos me comenta que la quinina que contiene la tónica, que es lo que tomo, es mala para el oído, buf, ¡que me digan si hay algo bueno en este planeta enfermo de CO2¡ Pepe invita a varias chicas a vodka de diversos colores. Hay rojo y negro, por Stendhal, supongo, y de no sé cuantos colores más. Yo soy tan zoquete que pensaba que el vodka era incoloro. Mientras, a las chicas que cantan las canciones que ponen les hace voces, la baja, la alta, y les corrige si no llegan, son de registro limitado. Un poco más en serio, hablamos de la situación de la música por estas tierras y asuntos varios de la vida en general. De lo mejor de la noche es cuando deambulo por la ciudad, un motorista solitario sin lugar donde parar. Los flecos del chaleco movidos por una brisa húmeda, el motor rugiendo debajo de ti y la sensación de que vienes de un mundo que ya no existe y en el que tampoco encontraste nunca tu lugar.

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