V i S i T a S

viernes, 11 de julio de 2008

Nou Moles


El sarampión me dejó una secuela, el estrabismo. Desde bien pequeño llevé gafas, incluyendo en el lote, una temporada sólo, uno de los ojos tapado con una especie de ventosa de goma para que el ojo más vago trabajase. Odiaba las gafas, tenían la manía de ensuciarse y, lo que es peor, de romperse. Las únicas gafas que me gustaban eran las metálicas con las que te graduaban la vista, mirabas el panel de las letras y te iban cambiando los lentes, parecían las gafas de un superhéroe. Todavía recuerdo las horas de espera para las consultas con un oftalmólogo que tenía fama de ser muy bueno. En cuanto tenías el menor roce con cualquier nano te salía con lo de “cuatro ojos” y ya estaba montada la pelea. Odiaba las gafas aunque me corregían el estrabismo y por lo menos no me llamaban bizco. Por mucho que lo he intentado nunca he visto una finca más fea que donde vivíamos, en Salvador Ferrandis Luna. Bueno, por lo menos se puede decir que era funcional. Teníamos portera, se llamaba Bonifacia, casi todos los patios tenían aunque fueran humildes, un día nos vio bajar a mi hermana mayor y a mí de la mano y nos preguntó donde íbamos. "Vamos a casa de la yaya porque mi madre se está muriendo" dije yo, la pobre mujer llamó enseguida a casa y mi madre se echo a reír, nos había dicho que nos fuéramos a casa de la yaya que la estábamos matando. Tres patios más para allá, la madre de la portera era una pobre anciana que sufría de bocio y tenía un bulto exagerado bajo la barbilla, la mirábamos furtivamente porque nos daba miedo, pobre mujer. Por aquel entonces aún se veían esas cosas, consecuencias de los años de penurias, mala alimentación y poca atención médica. Creo que era en la calle Goya donde había una vaquería, ibas con tu lechera y ordeñaban las vacas allí mismo. Había tiendas de ultramarinos que fíaban, bodegas de vino a granel, cines de reestreno y muchos otros negocios así que ya no existen. En la calle había cuatro coches, el padre de familia que tenía un 850 o un Gordini lo limpiaba orgulloso como símbolo de su status. Si te apoyabas en el coche se oía una voz desde una ventana que te ordenaba separarte del vehículo. En la esquina con la calle Almoines se formaban unos charcos tremendos, las calles del barrio no estaban asfaltadas, una vez un coche se quedó atascado y el cura de la parroquia que estaba justo allí fue a una manguera y entre varios hombres lo sacaron. Muchos años después leí que Ricard María Carles había sido el párroco de aquella iglesia a finales de los sesenta y pensé que quizás fue él la persona que vi sacar la manguera. No tiene mucha importancia que digamos pero lo pensé. Antes de que construyeran el túnel de la avenida de Pérez Galdós la vida del barrio se orientaba hacia Calixto III, a partir de la actual plaza de Arturo Piera eran campos de alfalfa o maíz, de hecho la plaza no existía. Todavía pasaban pastores con rebaños de ovejas y cabras, haciendo sonar los cencerros, por los descampados del barrio. Había líneas de alta tensión, acequias descubiertas, vertederos de escombro incontrolados, campos de naranjos o de cultivo, edificios que dejaban sin terminar, convivíamos con todo eso. Al otro lado de la avenida era una ciudad de verdad. Poco a poco dejaron de cultivar la tierra en la huerta que rodeaba al barrio, todos aquellos campos se convirtieron en solares donde la gente arrojaba los escombros de las reformas y, con diferentes intervalos de tiempo, después en fincas. Solíamos jugar por los solares a “tellas” y cosas así, crecían muchas ortigas y con cualquier madera jugabas a que era una espada y tú ibas decapitando enemigos como un gran caballero, la flor que coronaba la planta hacía de cabeza, claro. Tenía su peligro porque son urticantes y después te picaban las piernas un montón, de modo que había que hacerlo con cuidado de no emocionarse. Otro juego que solíamos llamar “El rey de la montaña” era subirse a un montón de arena, en cualquier obra había uno, e intentar mantener la posición contra todos los demás. Si caías rodando no te pasaba nada pero cada día había menos arena en el montón, los niños se la llevaban en los zapatos y en los bolsillos y luego tu madre te preguntaba que donde te habías metido. En las fincas a medio construir también se podía jugar y hacer trastadas, con o sin vigilante, uno era jugar a que no te pillase. Todavía hoy en día pienso en que era demasiado arriesgado subir y bajar corriendo por aquellas escaleras sin barandilla. De todo sacábamos un juego aunque supongo que los obreros se acordarían, al día siguiente, de toda nuestra familia. Como solía haber toneles con agua lanzábamos piedras y otras tonterías por el estilo.
A propósito de esto (¿cómo no?), escribí una canción que se llamaba Todavía sin nombre. Entre otras cosas, hablaba de ese progreso que convivía con restos de la vida anterior y esos cambios, del recuerdo de un mundo que ya no existe pero la escribí muy joven y no termino de entender porqué.

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