
He tenido que esperar hasta el miércoles para poder escribir algo sin imprecar a los dioses. El sábado por la mañana hablo por décima vez con Carlitos, no hay forma de que recupere el libro con todos los temas de The Beatles partiturizados, cada instrumento que grabaron escrito por separado. Había pensado en eso como regalo de cumpleaños de Paco, esa misma noche salíamos a celebrarlo, pero se lo ha dejado al antiguo batería de Los Canarios para que se lo venda y ahora suceden diversos episodios que hacen imposible que lo tenga en su poder. Ok, cojo la moto y me voy al Fnac, pensando en comprar algo de The Hollies o The Searchers y confiando en que la casualidad haga que no lo tenga. Estoy a punto de entrar cuando algo llama mi atención, en el escaparate de una tienda de instrumentos musicales hay un ukelele blanco. Minutos después estoy atando la caja de instrumento al respaldo de la moto. Por la tarde no duermo apenas, como casi siempre, se hace la hora de la ducha. Ya estoy dentro, esperando que el agua se temple un poco pero no, sale fría. Sigo esperando y sigue saliendo fría. Salgo del baño rezando en arameo, miro todas las llaves del gas y está conectado, nuevas blasfemias y recuerdo que este nuevo termo a gas también va enchufado para que funcione el sistema de encendido y un pequeño extractor. Alguien lo ha desenchufado, ok, vuelvo a entrar a la ducha. Por lo visto me desvanecí porque lo siguiente que recuerdo es que estoy tirado en la ducha, la mampara vibra y mi brazo izquierdo se ha salido de su sitio y rabio del dolor. La histeria casi me domina y no consigo que vuelva al lugar donde debe estar. ¡Ay qué ratos tan buenos te da la vida¡ Bueno, hablo con el hombre que siempre va conmigo y le digo que o se mantiene la calma o mal vamos. Me incorporo igual que hacen el amor los puercoespines, con muchísimo cuidado y consigo restituir la cabeza luxada a su posición anatómica natural, eso sí, con un fuerte grito. Espero que los vecinos no escucharan ni los gritos ni las barbaridades que soltaba. Me ducho, que a eso iba en un principio, y llega la gran pregunta: ¿me voy al hospital o de cena con los amigotes? Llamo a Serch: "Muchacho he tenido un percance y tardaré un poco" Cuando llega a casa se lo cuento y se parte de la risa, eso sí, pidiéndome perdón por ello. Cogemos el ukelele y nos vamos a coger el autobús, por el cierto, el bonobus no vale, es del 2008 y hay que canjearlo. Cenamos en el indio, somos Los Siete Contra Tebas, Paco va fiscalizando las rondas de cervezas Cobra, nos reímos mucho. Llega el Batero y charlamos a gusto, el brazo no lo muevo, intento olvidar que forma parte de mi. Paco parece feliz con su nuevo instrumento, Bruno mira con interés sus regalos, Serch cuenta buenos chistes, Moisés hace comentarios sarcásticos, el Batero ríe con las ocurrencias varias, el tío Rafa se fuma un purito ratonil. Acabamos en un antro, haciendo lo de siempre, bebiendo y dando vueltecicas. Una gogó subida en un lugar alto parece haber salido del poster central de Playboy. Cuando Serch baja del taxi, de vuelta a casa, intento recordar como fue la caída y no lo consigo. Debió ser un desvanecimiento o algo así. El domingo por la mañana me voy al hospital, cuatro horas me tiré, me atiende una traumatóloga bajita. Nada, al final tendrán que operarme, siete días de reposo y luego al centro de especialistas. ¿7 días de reposo? ¡Qué chiste tan bueno¡ Los autónomos somos así, tenemos una salud de hierro.
