martes, 22 de julio de 2008

Los reportes de Serch


Todavía me duele el estómago de lo que me he reído leyendo el último reporte de Serch. Fue otra de nuestras salidas, llenas de risas, regadas con algo, tampoco penséis que tanto, de alcohol. A propósito de todo esto, alguien nos dijo que nos pitorreábamos de la gente y no creo que sea eso. Lo que yo le contesté en aquella ocasión es que los sábados por la noche son como un zoológico. Vas de pub en pub y puedes ver gente muy diversa. Nosotros somos, por ejemplo, dos rinocerontes y nos hace gracia ver las jirafas, con sus largos cuellos y sus manchas y también nos llaman la atención los camellos rumiando debajo de sus jorobas o los leones durmiendo la mayor parte del caluroso día. Pero, seguramente, igual les pasa a las jirafas, camellos o leones, que nos ven demasiado corpulentos, de escasa vista y con dos cuernos. Hacemos como caricaturas de algunos personajes y nos reímos pero sin malicia, la verdad es que algunos resultan entrañables e incluso admirables, como "el hombre de la multitud", un sujeto que le entra cada noche a 125 mujeres y que no liga con ninguna... pero al sábado siguiente vuelve a la carga. La mayor parte de la diversión corresponde a cuando no sabemos expresarnos bien por los gintónics, se nos caen las copas o nos caemos nosotros. Espero que se entienda. Aprovecho para darle las gracias al Bandido por esos ratos de risa constante, que tanto ayudan a sobrellevar los rutinarios problemas de la vida.

lunes, 21 de julio de 2008

Dido


Es lo más bonito que he visto en mi vida y lo que más quiero también. Si los hijos son mensajes que enviamos al futuro, ¡qué mensaje tan bonito es éste¡. Es mi hija y no soy imparcial, no podría serlo aunque me quemaran las orejas con un soplete pero es que tampoco quiero.

Cuando empezó a andar, lo hizo casi al año y medio porque no quería caerse y de hecho nunca lo hizo, yo estaba sentando en el sofá y se acercó. Mientras me miraba a los ojos, cogió el dorso de mi mano y se la puso en su mejilla durante un rato. Me estaba diciendo "te quiero" sin hablar. Fueron los dos minutos más bonitos de mi vida.

Sobre mi hija no puedo decir, como en tantas otras cosas, aquello de: "jugaron como nunca y perdieron como siempre", ha sido lo mejor que me ha pasado jamás.

domingo, 20 de julio de 2008

1980



Lo primero que hice, con el primer sueldo, fue comprarme el Blonde on Blonde de Bob Dylan en cinta doble, además estaba cada vez más decidido, quería una guitarra. También pude convencer a mis padres de que comprasen un tocadiscos, exactamente giradiscos, amplificador y bafles. Me había ido comprando muchos singles y Lp,s de vinilo esperando ese momento. El primero fue el primer disco de The Byrds, donde estaba Mr. Tambourine Man, bastante antes de tener para poder escucharlo en casa. Vino un tipo y lo instaló, me pidió un disco para probarlo y yo lo tenía preparado desde hacía meses, la Rickenbacker de 12 cuerdas de McCguin sonó impresionante en mi habitación y me sentí bien. Por supuesto el técnico, o lo que fuera, comentó que era un disco muy viejo y que Supertramp sonaría mucho mejor, no quise escucharlo, nada me iba a amargar el momento. Esperaba la guitarra con impaciencia pero fue mi madre quien fue y la compró. Llegué de trabajar y estaba encima de mi cama, envuelto el cuerpo en un papel, se podía ver el mástil y la pala. Yo había pensando comprarme una tipo Martin D-28 y aquella era una imitación de Gibson J-200, todo esto lo ignoraba en aquel momento, y no me gustó. Quería una como la de Dylan, más tarde me compré el Nashville skyline y pude ver a Bob sonriendo con una J-200 en la mano. Bueno, pues me fui a la tienda dispuesto a cambiarla, pero no lo hice, me gustaba más la que ya tenía que las que quedaban. Con los años le cambie las clavijas y, cuatro lustros más tarde, los trastes. Para mí era como un sueño tener una guitarra, me parecía que me convertía en alguien especial y estaba convencido que aprendería a tocar yo solo y además bien. No tenía ni la más remota idea, sólo me falto soplar a ver si sonaba, pero me pasaba horas con ella colgada, intentaba poner algunos acordes que tenía en un fancine de los Beatles, recuerdo que era Revolution en Do (está en La). Todo esto con la guitarra completamente desafinada. Un vecino, el nieto de la señora María, intentó afinarla y me rompió una cuerda, me hace gracia lo convencido que estaba en que poco a poco aprendería a tocar bien. Pensaba, con más razón que un santo, que necesitaba una cierta orientación y tomé cuatro o cinco clases, miré un anuncio en el Trajín, iba en el 3 hasta Nazaret para lo cual me compré una funda marrón de plástico horrible , son las únicas clases que he recibido en mi vida. Entre pagar el autobús de ida y vuelta y la clase me gastaba casi toda mi asignación semanal, por eso sólo fui cuatro o cinco veces. Aquello cambió para bien, ya afinada, y con algunas nociones me zambullí de lleno en la música. Era un poco burro, la verdad, tenía menos oído que una tapia pero tenía un tesón digno, quizás, de mejor causa. Las primeras canciones que aprendí a tocar fueron "all shook up" y "twist and shout". Me habían hecho un contrato de seis meses y en septiembre volví al paro, a la sazón se cobraba bastante bien porque de seis meses trabajados cobré durante otros seis meses. No paraba de tocar. Recuerdo que en una librería tenían un libro sobre guitarras donde aparecían escalas e inversiones de acordes, entraba memorizaba unas cuantas cosas, salía a la calle y las apuntaba en un papel, volvía a entrar y a memorizar. No tenía un duro y me buscaba la vida. Me compré algunos libros con canciones de Dylan y Beatles, siempre con los temas en tonos distintos de los discos y además faltaban partes pero era una orientación. Practicaba sin cesar, miraba la tele tocando la guitarra (enmudecía las cuerdas con un pañuelo para no molestar) y así todo. También intentaba hacer canciones propias y aquí es donde entraba el Ratón Cabrón con su "lo importante es que lo desarrolles bien". Cuando estaba contento tenía muchas ganas de tocar y cuando estaba triste me consolaba con la guitarra. He desarrollado, creo yo, el oído con el tiempo porque la verdad es que lo tenía bastante torpe.
Una mañana de diciembre de 1980 me fui a Oldies, estaba detrás de hacienda, a echar un vistazo a los singles que me encantaba comprar. Cuando volví mi madre estaba sentada cosiendo y me dijo que habían matado a John Lennon, lo había dicho la radio, le contesté con un: “no digas tonterías, ¿quién va a matar a Lennon?” pero se reafirmó. Le dije que sólo podía haber sido un loco, luego me enteré que realmente fue así. Me dio bastante pena, acaba de sacar un disco y para mí era como una pequeña victoria, resulta que yo iba buscando cosas por algunas tiendas y un dependiente me dijo que estaba acabado, como era prudente, me callé pero ese LP tenía buenas canciones. Un locutor, al que años posteriormente conocí personalmente y que ascendió mucho, que se llamaba Luis Merino, lo puso y escuchar la voz de Lennon después de muchos años sin grabar me emocionó. Tras el asesinato, todas las radios no paraban de poner... ¡temas de McCartney¡ como “Yesterday” o “Hey Jude”, en la prensa escrita todos se dedicaron a escribir que él era el genio de Los Beatles, si hubiese sido Paul el muerto, habrían dicho justo lo contrario. En resumen, me di cuenta de que no tenían la más remota idea de lo que escribían y que aprovechaban lo que fuese para vender periódicos o que su emisora se escuchase más y que la gente saber, saber, sabe poco. Cuando no controlas el tema te pueden engañar pero cuando realmente conoces algo te das cuenta de que hablan sin saber.

martes, 15 de julio de 2008

viernes, 11 de julio de 2008

Nou Moles


El sarampión me dejó una secuela, el estrabismo. Desde bien pequeño llevé gafas, incluyendo en el lote, una temporada sólo, uno de los ojos tapado con una especie de ventosa de goma para que el ojo más vago trabajase. Odiaba las gafas, tenían la manía de ensuciarse y, lo que es peor, de romperse. Las únicas gafas que me gustaban eran las metálicas con las que te graduaban la vista, mirabas el panel de las letras y te iban cambiando los lentes, parecían las gafas de un superhéroe. Todavía recuerdo las horas de espera para las consultas con un oftalmólogo que tenía fama de ser muy bueno. En cuanto tenías el menor roce con cualquier nano te salía con lo de “cuatro ojos” y ya estaba montada la pelea. Odiaba las gafas aunque me corregían el estrabismo y por lo menos no me llamaban bizco. Por mucho que lo he intentado nunca he visto una finca más fea que donde vivíamos, en Salvador Ferrandis Luna. Bueno, por lo menos se puede decir que era funcional. Teníamos portera, se llamaba Bonifacia, casi todos los patios tenían aunque fueran humildes, un día nos vio bajar a mi hermana mayor y a mí de la mano y nos preguntó donde íbamos. "Vamos a casa de la yaya porque mi madre se está muriendo" dije yo, la pobre mujer llamó enseguida a casa y mi madre se echo a reír, nos había dicho que nos fuéramos a casa de la yaya que la estábamos matando. Tres patios más para allá, la madre de la portera era una pobre anciana que sufría de bocio y tenía un bulto exagerado bajo la barbilla, la mirábamos furtivamente porque nos daba miedo, pobre mujer. Por aquel entonces aún se veían esas cosas, consecuencias de los años de penurias, mala alimentación y poca atención médica. Creo que era en la calle Goya donde había una vaquería, ibas con tu lechera y ordeñaban las vacas allí mismo. Había tiendas de ultramarinos que fíaban, bodegas de vino a granel, cines de reestreno y muchos otros negocios así que ya no existen. En la calle había cuatro coches, el padre de familia que tenía un 850 o un Gordini lo limpiaba orgulloso como símbolo de su status. Si te apoyabas en el coche se oía una voz desde una ventana que te ordenaba separarte del vehículo. En la esquina con la calle Almoines se formaban unos charcos tremendos, las calles del barrio no estaban asfaltadas, una vez un coche se quedó atascado y el cura de la parroquia que estaba justo allí fue a una manguera y entre varios hombres lo sacaron. Muchos años después leí que Ricard María Carles había sido el párroco de aquella iglesia a finales de los sesenta y pensé que quizás fue él la persona que vi sacar la manguera. No tiene mucha importancia que digamos pero lo pensé. Antes de que construyeran el túnel de la avenida de Pérez Galdós la vida del barrio se orientaba hacia Calixto III, a partir de la actual plaza de Arturo Piera eran campos de alfalfa o maíz, de hecho la plaza no existía. Todavía pasaban pastores con rebaños de ovejas y cabras, haciendo sonar los cencerros, por los descampados del barrio. Había líneas de alta tensión, acequias descubiertas, vertederos de escombro incontrolados, campos de naranjos o de cultivo, edificios que dejaban sin terminar, convivíamos con todo eso. Al otro lado de la avenida era una ciudad de verdad. Poco a poco dejaron de cultivar la tierra en la huerta que rodeaba al barrio, todos aquellos campos se convirtieron en solares donde la gente arrojaba los escombros de las reformas y, con diferentes intervalos de tiempo, después en fincas. Solíamos jugar por los solares a “tellas” y cosas así, crecían muchas ortigas y con cualquier madera jugabas a que era una espada y tú ibas decapitando enemigos como un gran caballero, la flor que coronaba la planta hacía de cabeza, claro. Tenía su peligro porque son urticantes y después te picaban las piernas un montón, de modo que había que hacerlo con cuidado de no emocionarse. Otro juego que solíamos llamar “El rey de la montaña” era subirse a un montón de arena, en cualquier obra había uno, e intentar mantener la posición contra todos los demás. Si caías rodando no te pasaba nada pero cada día había menos arena en el montón, los niños se la llevaban en los zapatos y en los bolsillos y luego tu madre te preguntaba que donde te habías metido. En las fincas a medio construir también se podía jugar y hacer trastadas, con o sin vigilante, uno era jugar a que no te pillase. Todavía hoy en día pienso en que era demasiado arriesgado subir y bajar corriendo por aquellas escaleras sin barandilla. De todo sacábamos un juego aunque supongo que los obreros se acordarían, al día siguiente, de toda nuestra familia. Como solía haber toneles con agua lanzábamos piedras y otras tonterías por el estilo.
A propósito de esto (¿cómo no?), escribí una canción que se llamaba Todavía sin nombre. Entre otras cosas, hablaba de ese progreso que convivía con restos de la vida anterior y esos cambios, del recuerdo de un mundo que ya no existe pero la escribí muy joven y no termino de entender porqué.

Buscar este blog

Me presento:

Mi foto
Mis amigos me llaman Cuchillo o el tío Santi. Escribo canciones y toco la guitarra, también canto. Desde que era joven hasta ahora que no lo soy he tocado en grupos como Los Cuervos, Los Relevos, Morcillo y los Rangers, Los Brujos, Bandoneón, The Dancing Cansinos, Rocky Raccoons, Fort Mapache, Jukebox, Los Portuarios, The Mapaches o The Roller Coasters. Soy el guitarrista que no sabía cantar, el motorista al que no le gustaba correr, el lector de la Biblia ateo, puede que el tonto más listo del mundo, el padre de Dido o el hijo de la Yeyes. Como suele aparecer en algunos sobres de azúcar, hay que buscar los buenos ratos porque los malos se presentan ellos solos. Me gusta mucho leer desde niño, cocinar, tocar la guitarra y escribir canciones, navegar sin rumbo por la procelosa red de Internet, la historia y la música, el cine clásico y me gusta mucho reír, también escribir en mi blog, salir con mis viejos amigos o dar vueltas con mi Triumph. Como dijo Lennon: "la vida son las cosas que te pasan mientras tú estás ocupado haciendo otros planes" Así que intento no hacer planes nunca, sólo quiero estar a gusto sin molestar a nadie. Si lo consigo o no, tendrán que decirlo los demás.
Powered By Blogger

Archivo del blog

Etiquetas