

A principios del otoño de 1981, en lo que llamábamos Tascas, el Ratón me presentó a un compañero del instituto que se llamaba Paco. Tocaba la guitarra y cantaba, bastante mejor que yo, por cierto. Le gustaban mucho The Beatles y Elvis, empezamos a hablar de música y le tomé un poco el pelo, luego me lo recriminó siempre, diciéndole si conocía a Edgar Allan and The Poes, que era la fantasía que usaba yo para pensar en mi grupo inexistente. El caso es que conectamos bastante y nos hicimos amigos inseparables. Juan empezó a salir con su novia con la que después se casó, Mª Ángeles y fue separandose gradualmente de todos nosotros. Volviendo a casa en la línea 70 del autobús, le propuse a Paco formar un grupo de rock, buscar gente y todo eso y me dijo que sí. Había pensado en el nombre de LOS CUERVOS por el poema de Edgar Allan Poe. Le regalé una chapita de Holly y las llevábamos los dos en las cazadoras vaqueras, éramos unos críos, nos gustaban aquellas tonterías. Paco aparecía por allí con una vieja Mobilette y su cazadora vaquera Levi's y su sed, ponía bastante empeño, como todos nosotros, en beber la máxima cantidad de cerveza en el menor tiempo posible porque como todos nosotros, una vez más, tenía sus problemas. Es difícil ir creciendo y además a finales de ese año cumplí 18 años y para corroborar mi mayoría de edad me enamoré, iba atrasado en esto como en casi todo. Me habían gustado muchas chicas, eso sí, (aquí debo omitir la palabra reciprocidad, lamentablemente) y tenía mis fantasías como cualquier hijo de vecino, con las estrellas de cine o las chicas que pululaban por las páginas de la revista Playboy, esas tías de cuya existencia los tíos normales sólo nos enteramos por esa revista, pero nunca me había colgado así por una chica hasta aquel momento. Mis padres jamás hablaron conmigo de sexo y lo mismo puede decirse de amor, mi educación sentimental la recibí en las novelas, las canciones, el cine y, por supuesto, la calle. Pero las fantasías eran justamente eso y lo que de verdad buscaba era una chica que estuviera loca por mí y yo por ella, no buscaba una “rica colección” de ligues y menos mal porque se trata de un asunto para el que no estoy dotado y aquí también podría poner el adverbio lamentablemente. Por no desaprovechar una palabra tan larga como ese adverbio: en aquellos días empecé a fumar, ojalá no lo hubiera hecho porque cada vez me fui viciando más y más, resulta muy perjudicial para la salud, del cuerpo y del bolsillo. Resultaba cómodo estar agarrado a algo, a veces, cuando he estado mal, he pensado que no me caía gracias a estar sujeto al cigarrillo.
Pensándolo ahora me creo dar cuenta de que se trataba de un enamoramiento de adolescente y que a los chicos nos cuesta mucho más madurar, además de todo eso que dicen los psicólogos sobre todo esto, lo otro y bla, bla, bla. Mas entonces, qué demonios, me parecía el sentimiento más fuerte que pudiese haber sobre la faz de la tierra. Así que me propuse que me ligaría a aquella chica o moriría en el intento y casi consigo las dos cosas. No gracias a mis amigos o a mí, desde luego, sino gracias a otros amiguetes como el famoso Pepe y otros cuyos nombres no vienen al caso, conocíamos a muchas chicas, muchos grupos de chicas, porque eran lanzados y les entraban a todas, con unos porcentajes de éxito elevados. Los más cortados éramos nosotros, en minoría casi siempre, y no llamaba la atención nuestra escasa iniciativa pero los únicos que conseguían “resultados tangibles” eran ellos. Una de tantas tardes pasamos un rato con unas chicas y a mí me gustó una de las chicas y mi táctica, infalible para el fracaso, fue mirarla tímidamente de reojo y ponerme nervioso, sólo necesitaba un par de milenios para conquistarla. Como aquello duro un par de horas escaso a partir de ahí me limite a verla pasar con sus amigas y (¡I nearly Die¡) una vez con un ligue. Así que me quedaba el alcohol, un cobarde refugio para cobardes y gallinas o, tal vez, la espoleta necesaria para una primera explosión. Hice varios intentos, a cual más descabellado, en especial una vez, recuerdo que llevaba mi guitarra dentro de su funda, en que le pedí un cigarro, no se me ocurrió otra cosa, con uno recién encendido en la boca y un paquete lleno en el bolsillo. ¡Patético¡
Una de tantas veces que la vi pasar por la calle Gobernador Viejo, y ese día no había bebido, estaba tocando la guitarra, sentado en una especie de poyato al lado de un entrada de garaje que estaba enfrente de las oficinas de la Saltuv. La guitarra era una española bastante mala propiedad de un pub, Rincón Latino, siempre había alguien, esos que sabían ligar pero no tocaban la guitarra, que la pedía para que yo tocase. La temperatura en mi interior rebasaba los cien grados. Así que, como en las escasas palabras que habíamos cruzado me había dicho que tocaba algo la guitarra y le gustaban The Beatles, salí corriendo detrás de ella y con el absurdo argumento, especialmente para alguien que se acerca a la carrera, de que me enseñase los acordes de una canción, me puse a hablar con ella. Intenté desplegar todo lo que mi humilde persona pudiera tener de seductor o interesante, lo cual puede que no fuese gran cosa, pero comencé a sentirme bien porque lo estaba intentando. Siempre he tenido presente las palabras de Churchill: “Lo malo no es fracasar, lo malo es no intentarlo”. ¡Qué asco tener memoria¡ Como me gustaría no recordar apenas nada pero en fin, como decían en aquel programa: "y hasta aquí puedo leer".
Se suponía que Paco y yo queríamos montar un grupo pero costaba mucho intentar montar alguna canción con él, ensayo y Paco son dos palabras que no se llevan demasiado bien. Basándome en un viajecillo que hicimos un año antes, yo había hecho una canción que se llamaba “Colgado en la estación” y la interpretaba al primero que se pusiese por delante, tenía algún tema más pero no empezamos en serio hasta que pasó el verano. Casi siempre iba con la guitarra, en esto no he cambiado mucho, sólo que a veces veo más conveniente no hacerlo y, aún así, muchas veces la sigo llevando. En general, no sé en qué he madurado, me sigue gustando lo mismo que hace treinta años. Así que una tarde cualquiera, leo un rato, toco un poco la guitarra y después me voy a dar una vuelta con la moto, tenía razón la cuñada del Ratón, los hombres maduramos hasta los ocho años.