martes, 16 de febrero de 2021

RELATOS: LA PESTE DE LA TRISTEZA INFINITA.

 RELATOS PARA MATAR EL RATO.

                                                                 Hoy presentamos:

                         LA PESTE DE LA TRISTEZA INFINITA


Conocí a una chica con la mirada tan triste que las flores se marchitaban cuando ella las miraba. Los pájaros dejaban de cantar, la comida se echaba a perder. Tenía que encontrar algún remedio, su mirada te atravesaba y te dolía en tus huesos. Lo tengo, me contestó, pero me dan miedo los efectos secundarios. Me habló de la poción que borraba los malos recuerdos, inventada por dos sabios alquimistas de Babilonia, que consagraron su vida a encontrar la fórmula. Era capaz de eliminar los recuerdos que provocan las personas con entrañas de metal y corazón de mármol, que roban la comida de un niño y los ahorros de una viuda pobre, que rompen corazones puros y siguen viviendo sin remordimiento. Los soldados que habían visto morir despedazados a sus compañeros, que despertaban aullando, recobraban la sonrisa. Recuerdos de derrotas y causas pérdidas, traiciones o fracasos, tragedias, todo se esfumaba. Las personas rotas reían mientras movían las nubes con el pensamiento. El brebaje para borrar los recuerdos amargos hacia todo eso y mucho más, te convertía en alguien limpio y preparado para una nueva vida. Pero... ¿por qué no lo tomaba? Me dio un suave beso en el cuello con sus labios fríos y me soltó que eso me lo contaría otro día. Su beso me dejó un cardenal que tardó en borrarse de mi piel once meses y once días.
Todos mis conocidos me preguntaban por el tatuaje en mi cuello, me aburrí de tanto contar la verdad, sólo para quedar de mentiroso, así que mentí y todos me creyeron. Entonces me acusaron de no saber pasar página, de llevar en la base del cuello la marca vitalicia de un amor efímero. Intenté hablar de nuevo con la chica cuya mirada entristecía a las flores, agriaba los yogures, desafinaba las guitarras y cambiaba las revoluciones de los discos. Pasé semanas sin dormir, apenas comía, empalmaba los cigarrillos, la posibilidad de eliminar de un plumazo todos mis malos recuerdos me obsesionaba.
Resultaba evidente que se había ido a fabricar la poción e intenté seguir su trayecto por Internet. Había un vuelo misterioso, el piloto volaba tan despacio que fue sancionado, los pasajeros lloraban porque el café era negro, una azafata confesó que tenía dos amantes pero el que más la satisfacía era su marido. El poder de la chica de los ojos tristes iba en aumento, los parquímetros escupían la calderilla en Barcelona, los policías se autoinculpaban en Roma, un político egipcio devolvió tres millones en El Cairo. A partir de ahí, no pude saber nada más. Una tarde, cuatro meses más tarde, me llamó, su voz era otra, tan clara como nunca había escuchado otra voz, hizo que mis labios sonrieran y mis manos y mis pies, todo en mí sonreía, como si el mundo hubiera sido creado de nuevo cuando me dijo: "Lo he conseguido Santi, he barrido de mi memoria todos mis malos recuerdos."
Me llamó desde el aeropuerto, no recordaba su propia dirección. Cuando la recogí todo el mundo a su alrededor sonreía, no era capaz de recordar donde vivía, las ratas salían de las alcantarillas y correteaban como si no hubiera nadie, también le habían robado una maleta. Estaba cambiada, había viajado a los infiernos del olvido y la soledad, visitado el Hades de la derrota, se había perdido por los polvorientos caminos de la antigua Babilonia, atravesado el desierto de la memoria para volver rejuvenecida y radiante. Su mirada me dio paz y ya no alteraba la tonalidad de las canciones, ni hacía toser a los policías, estaba en su peso ideal, guapa como antes de la peste de la tristeza infinita. Tuve que guiarla hasta su propia habitación, todos sus ingratos recuerdos habían desaparecido. Me moría de ganas de conocer los detalles y un par de días después quedamos.
Me contó lo que le costó volver, todas las veces que la habían engañado. Emitía un aire de bondad que resucitaba mariposas pero también cucarachas. Toda la experiencia negativa ahogada en la poción la había convertido en una niña que pensaba que el mundo entero era bueno. En el pub, de su bolso sacó una botellita y una libreta, mira, me dijo, puedes olvidarlo todo, todo lo que te hizo daño, sólo es dar un trago, a nadie más se lo he ofrecido, eres un ángel y te lo mereces. Me quedé helado y dudé...
Llámame cobarde pero no me atreví. No soporté la visión de estar expuesto otra vez a los mordiscos inmisericordes del mundo sin mi amplia colección de recuerdos avinagrados. Aunque venían a torturarme con frecuencia también me prevenían de nuevos fraudes, cometería otros errores pero no los mismos.
Unas amigas suyas llegaron al pub entonces y comenzaron a gritar y abrazarse y reír como locas y beber sin pausa hasta que el reencuentro le costó 230 euros.
Al día siguiente, fumando en el balcón, vi con mis propios ojos como delante de mí se marchitaban todas las flores de mi madre. Me miré en el espejo y mi propia mirada me hizo llorar: me había contagiado de la negra enfermedad de la tristeza permanente e infinita.
Mis amigos pasaron a recogerme, el vapor de la tristeza los envolvió, confesando pequeños pecados, relatando los dos a la vez lejanos traumas familiares. Bajé del coche, volví a casa bajo un sol abrasador. Los escarabajos picudos perecían junto con las palmeras a mi paso, los cajeros cambiaban los números secretos y mi cuerpo proyectaba en el suelo una sombra más negra que la sombra negra del mismísimo diablo. Me eché en la cama y empecé a leer su libreta, las palabras se iban borrando a medida que las iba leyendo, hasta quedar tal y como ella la había comprado en un bazar de Bagdad, cuadrícula francesa, sin rastro de las 4.672 palabras escritas por la mano de Julia.
F I N.

RELATOS. EL MAESTRO KIBO

 RELATOS PARA MATAR EL RATO.

                                          Hoy presentamos:

                                                                EL MAESTRO KIBO

Una fina capa de polvo rojo africano, proveniente del desierto del Sahara, cubría mi minúsculo coche blanco japonés. Enganchada al limpiaparabrisas, una octavilla impresa por una sola de sus caras.
Allí se anunciaba el maestro Kibo, garantizando que en 72 horas, era capaz de: hacer volver a la persona amada, solucionar problemas conyugales, proteger del mal de ojo o mejorar la potencia sexual. También hacía prosperar en los negocios, dejar vicios tales como el alcohol, tabaco o drogas, enderezaba la salud y muchas más cosas que ya dejé de leer. Con un teléfono y un horario, afirmaba ser serio y confiable. Había mucha información en un trozo de papel tan pequeño.
Yo silbé Love potion number mine mientras tiraba el papelito a la papelera.

No mucho después de esto, apenas unos días, yendo al supermercado, vi a un individuo que me pareció senegalés, de unos 40 años, rozando la obesidad mórbida y vestido con una túnica de vivos colores, del amarillo chillón a un morado intenso, se dirigió a mí cordialmente y me preguntó por una clínica, llevaba un rato dando vueltas. Iba a hacerse una PCR y no encontraba la calle. Estaba sudando ansioso y en su mirada noté su miedo danzando al son de los tambores del pánico. Por supuesto que le indiqué lo cerca que estaba y las gracias que me dio sonaron correctas pero angustiosas. Le llamaron en ese momento y cogió su móvil, su voz era fuerte y clara, de repente, llena de autoconfianza y seguridad: "Sí, soy el maestro Kibo, ¿en qué puedo ayudarle?"

RELATOS. LA LIBRETA.

 Relatos para matar un rato.

               Hoy presentamos:

LA LIBRETA

Volvía de beber, de reír, de bailar, siete u ocho horas de caminata y bebida, el centro de mi ciudad en fiestas reventaba de turistas, gente de todas partes en todas partes. Al cruzar el río ya no era igual, sólo en algunas esquinas veía gente asistiendo al último acto. El pequeño monumento ardía con apenas dos docenas de espectadores. Era una modesta falla de barrio, debajo de mi casa.
Entonces lo sentí, tenía que hacerlo, subí a casa, cogí la libreta, era de papel y cartón reciclado, muy bonita. Me la habían regalado años atrás, junto con el ruego de que escribiera allí, con mi supuesta poesía, algo que valiese la pena ser leído. Lo hice, escribí con sinceridad lo que iba sintiendo, un diario de emociones, de días sagrados, pero jamás se lo mostré a quien me la entregó. ¿Por qué? No lo sé, quizás me parecía poco, que mis palabras no estaban a la altura de lo que quería contar, que no le hacían justicia a lo que estaba viviendo. Pero me esforcé, retorcí palabras, estrujé frases, las amasé porque quería amarlas. Luchaba conmigo mismo para sacar lo mejor de mí pero sólo en mi mente, no habría un solo tachón en esa libreta. Estaba escrita con un rotulador negro, punta muy fina, todo lo bien que era capaz de escribir, intentando que la caligrafía llamase la atención por su belleza.
Pero todo eso ya no importaba, bajaba en el ascensor con la libreta, para tirarla al fuego purificador y ya me quemaba la mano. Me planté frente a la hoguera, sintiendo el calor de la llama en mi cara y el frío de una noche de marzo en la espalda. Iba a tirarla allí en un acto de furia y de rabia cuando se me resbaló y quedó abierta por la mitad, la recogí y leí, frases sueltas, me insulté como sólo uno mismo puede hacerlo, dando más fuerte donde más dolía. La arrojé, me quedé mirando como ardía y el humo me provocó una lágrima que resbaló hasta mi boca, tenía un sabor amargo y salado, como una gota de agua del mar Muerto.

jueves, 4 de febrero de 2021

RELATOS: LA SONRISA PERDIDA.

 Relatos para matar un rato.

Hoy presentamos:

LA SONRISA PERDIDA

Conocí a una desconocida a través de una red social para conocer chicas, nos dimos los números de teléfono y por WhatsApp nos escribimos y compartimos fotos. Me mandó las suyas: en la playa, sujetando una paella, con amigas y en monumentos emblemáticos durante sus viajes. Yo le envié muchas también, con guitarra acústica, con guitarra eléctrica, de 6 y de 12 cuerdas, tocando el ukelele, tocando el bajo, con amigos tocando y una subido a mi motocicleta. Mándame una sonriendo por favor, me dijo, claro que sí, dije yo. Fui a la galería, más de 2.000 fotos de estos últimos años, busqué y busqué... pero no había ni una sonriendo.
Así que el lunes a primera hora, ni corto ni perezoso, me presenté en la oficina de objetos perdidos. Detrás del mostrador había una sesentona, con una cara que no se la ponían a las gárgolas para evitar que los niños se asustaran en exceso y se orinasen en la cama.
¿Qué ha perdido usted? Preguntó mirándome el corbatín de bolo y mascando un chicle. La sonrisa, contesté, dio media vuelta y fue a hablar con otra funcionaria y con volumen suficiente para que yo la oyese con claridad le dijo: "Hazme el favor de atender tú al idiota ése vestido de cowboy, porque yo no estoy para tonterías esta mañana".
La más joven, unos 48 años, tipo de reloj de arena y al lado de la otra una belleza, se acercó al mostrador sonriendo y yo dije, me parece que se ha enfadado y la chica se rió.
"Pues aquí están los objetos que unos pierden y otros encuentran y sonrisas nunca han traído, tendrás que buscar por otros sitios" me dijo conteniendo la risa. "¿No será que te la han robado?"
Puede ser, dije yo y como no había nadie haciendo cola detrás mío le conté el chiste de los pollos de cuatro patas y se doblaba de la risa. Me dijo que era muy divertido y me miraba con cierto interés pero soy tímido y no me atreví a pedirle su número y ya me despedí.
De ahí fui a hacerme las fotos para renovar el carné, a mí me gusta decir carnet, de identidad y el fotógrafo me dijo, no sonrías por favor, tranquilo, contesté, no hay peligro.

martes, 12 de enero de 2021

RELATOS: ACCIÓN DE HUIR.

Relatos para pasar un rato.
Hoy presentamos:
ACCIÓN DE HUIR

Entonces pesaba 76 kilos e iba vestido de negro riguroso, mis demonios interiores mordían y chillaban, quería huir de ellos concentrando mi atención en algo absolutamente sin sentido pero que tuviera una lógica, no quería pensar. Vagar sin vagar, fijarme en algo sin interés para mí, ir hasta ninguna parte haciendo ochos como una abeja perturbada. Estaba enfadado con la vida y conmigo mismo, cogí el coche, llené el depósito, puse un lápiz de memoria con un repertorio variado de canciones del siglo XX cantadas por afroamericanos y una sola de un blanco, comencé el juego. Puse el orden aleatorio y una sola canción me haría parar, cuando un blanco cantase volvería a casa en silencio, mis demonios dejarían de gritarme, hubiera podido ser al revés. Duraría la cosa cinco minutos o cuatro horas.
Vi un coche de matrícula impar y lo seguí, pasados diez minutos fui tras un vehículo de matrícula par, todos de la misma marca, e iba cambiando, uno detrás de otro, fui detrás de muchos coches, sin llamar la atención, sólo pensando en ir alternando par e impar y que fueran del mismo fabricante. Pasé el puente de Peris y Valero tres veces, los ágiles dedos de Nat King Cole correteaban por el piano, llegué a Silla, Muddy Waters no estaba satisfecho, callejeé por allí, salí a la pista con Billie Holiday, las normas del juego me llevaron hasta Puzol, cambio de rumbo sin rumbo, llegué al Perelló, B. B. King, salí de Sueca. ¿A dónde me llevaría ese juego loco? Larry Williams, Billy Preston, Nina Simone o Little Richard... Conduces como una abuela, me dijeron alguna vez y yo contestaba que sí, pero que también cocinaba como una abuela... De Louis Armstrong a Robert Johnson, de Duke Ellington a Jimi Hendrix pasando por Sam Cooke, fumando regularmente, respetando las normas de circulación en busca de la nada. Eran otras vidas que desde la distancia observaba sin curiosidad para cambiar al poco por otro objetivo y siempre en movimiento hacia ningún sitio. Pasando Cullera, el sol caía derrotado y la noche llegaba victoriosa con las últimas notas de All along the watchtower, un pueblo al final de una recta entre arrozales: Favara. Bobby Vee sonó e inicié el retorno silencioso, los demonios se habían extraviado, debe resultar complicado seguir a alguien que no sabe a donde va.

 

miércoles, 6 de enero de 2021

RELATOS. WESTERN CHESS

Relatos para matar el rato.

                                                        Hoy presentamos:

                              WESTERN CHESS

Cuando comenzaron los disparos yo estaba barriendo el almacén, corrí hasta la puerta y allí estaba mi padre, las lágrimas bajaban por sus mejillas y su mirada mostraba un dolor profundo. El sheriff Garland yacía en medio de la calle, cosido a disparos, junto al cuerpo de una mujer que tampoco sobrevivió al episodio. Muchos años después, en el lecho de muerte, uno de los dos asesinos confesó su crimen. Lo hicieron por dinero, contrataron, si darle explicaciones, a una pobre viuda que apenas sobrevivía lavando ropa a domicilio y le ofrecieron unos míseros billetes por desmayarse a las tres de la tarde en medio de la calle, justo cuando el sheriff solía fumar sentado en el porche de su oficina. Los dos cayeron acribillados en un festival de venganza, celos y lucha de poder.
Mi padre pasó días sin hablar, haciéndose a la idea de que nunca volvería a jugar al ajedrez con su amigo. La tienda de comestibles de mi padre era el fruto de años de privaciones y sacrificios, daba de comer a toda la familia y allí mis hermanas mayores y yo ayudamos tanto como pudimos hasta fundar nuestros respectivos nuevos hogares. Allí en la tienda, por las tardes, el sheriff y mi padre jugaban la partida y con cada movimiento citaban un libro, una frase, generalmente corta. Sólo había dos libros para este juego, la Biblia y la Ilíada. Según qué movimiento, la cita cobraba fuerza, y era más entretenido asociar esas palabras a la jugada, que el juego en si mismo, ya que eran dos aficionados más que competentes pero aficionados al fin y al cabo. Si Garland movía el rey, decía: "¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?". Con la captura de las piezas importantes, el nivel subía y aún recuerdo a mi padre que precedía un jaque mate con: "Y en los días de estos reyes, el Dios del cielo levantará un reino que jamás será destruido, y este reino no será dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, y él permanecerá para siempre." Tras tomar una torre enemiga Garland dijo en cierta ocasión: "Ares es equitativo, mata a los que matan." Yo atendía la tienda mientras ellos jugaban y si alguna vecina inoportuna llegaba en un momento crítico de la partida, los demonios se me llevaban y maldecía para mis adentros, excepto la mujer del alcalde, que a esa siempre la atendía mi progenitor pero, claro, entonces se detenía el pugilato ajedrecístico y citador pero no eran habituales las compras a esas horas. Sólo una vez pude jugar con el sheriff, cuando creí poder saborear las mieles del éxito me atreví a decir: "Pues sé muy bien en mis entrañas y en mi corazón
que día vendrá en que perecerá la sagrada Ilión,
y Príamo y el pueblo de Príamo, hábil en el manejo de la lanza." Dicho esto, en un par de jugadas me dio el jaque mate con una sonrisa. Ahora que soy un anciano que vive en un mundo que ya no comprende, con coches sin caballos, aparatos que vuelan como los pájaros y demás adelantos, echo de menos esas tardes de ajedrez, con el cálido aire del verano meciendo la cortina, dos viejos amigos, un hombre de acción y un simple tendero, hermanados por el amor al ajedrez y los libros, que disfrutaban de la amistad en un mundo que agonizaba bajo el peso del progreso.

sábado, 2 de enero de 2021

dESpEDiDa DeL 2020

 


2020 se apagaba como una vela y no resultaba fácil mirarle a los ojos para despedirse de él. Como diría Homero, triste por las personas que se habían ido y contento por haberlo superado, miré hacia atrás y no parecía un año, parecía un lustro y no bueno precisamente. También crecen flores en el fango y cosas buenas también pasaron, no todo puede ser malo. Quiero pedir perdón si a alguien ofendí o no cumplí sus expectativas, seguro que no fue de mala fé, agradecer a los que han estado conmigo su infinita paciencia y mandar un cariñoso abrazo de ánimo a los que han sufrido en sus familias esa maldita enfermedad. En mi caso particular, he pasado mucho miedo por personas que quiero y eran/son de riesgo, ojalá las vacunas nos libren del bichejo.

Durante los últimos años, hui de mismo refugiándome en los conciertos, las salidas, vueltas interminables en mi motocicleta, las desconocidas y los amigos. "El cobarde escondido en el campo de batalla" como alguien dijo. De repente, confinado en casa, no había escapatoria, sólo escribir canciones y reconciliarme, a medias, conmigo y con mi pasado. Desplumado y con las alas rotas, pero aún de una pieza, salvado una vez más por la música, veo llegar al 2021 y le abro esperanzado la puerta: pasa muchacho pero pórtate bien, hemos sufrido mucho.
Feliz año a todos de todo corazón.

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Mis amigos me llaman Cuchillo o el tío Santi. Escribo canciones y toco la guitarra, también canto. Desde que era joven hasta ahora que no lo soy he tocado en grupos como Los Cuervos, Los Relevos, Morcillo y los Rangers, Los Brujos, Bandoneón, The Dancing Cansinos, Rocky Raccoons, Fort Mapache, Jukebox, Los Portuarios, The Mapaches o The Roller Coasters. Soy el guitarrista que no sabía cantar, el motorista al que no le gustaba correr, el lector de la Biblia ateo, puede que el tonto más listo del mundo, el padre de Dido o el hijo de la Yeyes. Como suele aparecer en algunos sobres de azúcar, hay que buscar los buenos ratos porque los malos se presentan ellos solos. Me gusta mucho leer desde niño, cocinar, tocar la guitarra y escribir canciones, navegar sin rumbo por la procelosa red de Internet, la historia y la música, el cine clásico y me gusta mucho reír, también escribir en mi blog, salir con mis viejos amigos o dar vueltas con mi Triumph. Como dijo Lennon: "la vida son las cosas que te pasan mientras tú estás ocupado haciendo otros planes" Así que intento no hacer planes nunca, sólo quiero estar a gusto sin molestar a nadie. Si lo consigo o no, tendrán que decirlo los demás.
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